jueves, 12 de junio de 2014

El perfume de Egipto



Curiosa es la vida de aquel que, por cualquiera circunstancia, se ve
obligado a recluirse en sus habitaciones y a vivir completamente aislado:
curiosa ciertamente aún cuando al mismo tiempo agradable en cierto modo. Su
mayor encanto estriba en una absoluta libertad; la plena libertad de salir y
entrar o bien de no salir y no entrar, conforme le venga en gana. Pero la
soledad es espantosa. Probablemente muchos de los lectores recordarán el
macabro cuento de Dickens (con fundamento real según entiendo) del hombre
aquel que, atacado de apoplejía mortal en el preciso momento de abrir la
puerta de su habitación, quedó reclinado contra ella durante todo un año,
transcurrido el cual, al ser abierta la puerta, cayó el esqueleto en los brazos del
cerrajero. No creo ser de temperamento nervioso; pero habré de confesar que,
durante mi reclusión en mi alcoba, esta historia acosó mi imaginación de vez
en cuando; y es bien cierto, dejando a un lado tales cosas horribles, que
existen innumeras posibilidades de emergencia desagradables para quien se ve
sujeto a una compleja soledad.
Todos los acontecimientos lamentables que suceden a los hombres,
tanto en las novelas como en la vida de la realidad, parece ser que ocurren
cuando éste se halla sin compañía; y aún cuando sin duda el talentoso autor
americano estaba en lo cierto cuando dijo “gracias al cielo clemente porque las
insufribles penas de la agonía castigan siempre al hombre unidad y no al
hombre masa”, cierto es también que suele ser más fácil hacerse eco de estos
sentimientos cuando no es uno mismo la unidad en cuestión. Por otra parte,
cuando el hombre recluido en sus habitaciones echa la llave a su puerta en una
noche invernal y se dispone a sentarse cómodamente para gozar de la lectura
al amor de la lumbre, tiene un sentimiento pleno de su reclusión y de su
inmunidad a toda interrupción solamente igualado por el de aquel que en una
tarde de torneos universitarios, pasea ufano, prendido a la solapa, el máximo
galardón de su colegio.
Tal cosa había hecho yo -no para leer, sin embargo, sino para escribir-
en aquella noche en que tuvo lugar el primer suceso de la serie que voy a
relatar.
 Estaba a la sazón escribiendo mi libro; el primero de mis libros,
“Sobre el Estado Actual de la Ley de los Transportes”. Había ya publicado
varios ensayos sobre diversos aspectos de este asunto y, habiendo tenido estos
buen recibimiento por parte de las autoridades en materia legal, nació en mí la
idea audaz de presentar mis puntos de vista en una forma integral. Tal era,
pues, el trabajo en que iba a abstraerme con todo mi ardor juvenil en la noche
en que da comienzo mi relato; y la razón que tengo para hacer mención de tal
circunstancia no es otra sino la de llamar la atención sobre el asunto en el que
estaba concentrado mi pensamiento; asunto muy distante en verdad, de todo
aquello capaz de sugerir nada relacionado con temas extraordinarios o
románticos.
Había hecho una pausa — recuerdo — para dar fiel y exacta expresión a
una idea muy intrincada, cuando, de improviso, asaltóme un sentimiento que
supongo todos hemos experimentado alguna que otra vez: el sentimiento de
que no me encontraba completamente sólo; de que alguien, además de mí, se
hallaba en mi cuarto. Sabía yo bien que había cerrado la puerta con llave y
que, por lo tanto, era absurda la idea que me asaltaba; no obstante, era tan
fuerte la impresión, que instintivamente me levanté de mi asiento para mirar
apresuradamente a mí alrededor. Nada pude ver, sin embargo y con una
sonrisa despectiva hacia mi infantil inquietud, me dispuse a meditar
nuevamente sobre la frase que quería elaborar, cuando surgió en mí la
conciencia de un débil olor de índole muy peculiar, que aún cuando me
pareció conocido, no me fue posible identificar con precisión; vino enseguida
a mi mente el recuerdo del lugar donde lo había experimentado, cosa que me
sorprendió muchísimo, lo que pronto se comprenderá al leer mi explicación.
Había yo pasado durante al año anterior, unas largas vacaciones
recorriendo Egipto; atisbando en sus extraños rincones, hurgando en sus viejos
enigmas, tratando de familiarizarme con su vida; alejándome en todo lo
posible de los caminos transitados, y evitando el contacto con los grupos de
turistas. En el Cairo tuve la fortuna de establecer relaciones con un cierto
Sheikh (así le llamaban, aún cuando no estoy en condiciones de decir si
merecía ese título) que vino a resultar para mí rica mina de información sobre
las costumbres y usos del pasado y sobre las antigüedades del lugar en
general; sobre las reliquias de la gloriosa época de los Califas medievales —
debo aclarar — no sobre las antigüedades reales de las viejas dinastías
egipcias. Mi criado me advirtió que debía yo precaverme de ese hombre, quien
tenía la reputación de ser un mago que trataba muy profusamente con el ser
del mal; no obstante, yo lo encontré siempre muy amistoso y servicial y
ciertamente fue él quien me puso al tanto de muchas cosas de interés que yo
no hubiera podido saber sin su ayuda.
Un día que fui a visitarlo en hora no acostumbrada, tuve la impresión, al
entrar en su cuarto, de un olor completamente diferente a todos los que yo
había percibido hasta entonces; un olor de riqueza y dulzura imposibles de
describir; casi opresivo, no obstante lo cual era de efectos estimulantes y que
generaban alegría. Tanto me agradó que insistí vivamente con el Sheikh para
que me proporcionara un poco de ese perfume o me dijera al menos dónde se
podría conseguir, pero con gran sorpresa de mi parte, se rehusó a ambas cosas
en forma muy cortés pero muy firme. Todo lo que logré fue que dijera que se
trataba de un perfume sagrado, que sólo tenía aplicación en ciertos
encantamientos; que su manufactura era un secreto transmitido de unos a otros
desde las edades más remotas y solamente conocido por unas cuantas personas
elegidas y que todo el oro del mundo no era suficiente para comprar un solo
grano del perfume.
Como es natural, todo esto excitó mi curiosidad enormemente; pero no
logré obtener mayor información, ni con respecto a la esencia, ni por lo
tocante a los propósitos con los que la había usado.
Habiendo transcurrido cosa de una hora durante mi charla con él, mis
vestiduras quedaron impregnadas de la incitante fragancia y, al regresar al
hotel, mientras mi criado cepillaba mi saco, percibió el perfume lo que hizo
horrorizarse y perder su usual impasividad y su imperturbable cortesía y
preguntarme precipitadamente:
“Efendi, ¿dónde has estado?. ¿Cómo es que traen sus ropas esta
diabólica esencia?”.
“¿Qué dices?” — repliqué — “¿qué olor es ese que te excita en forma
tan extraña?”.
“Ten cuidado, señor” — añadió el hombre, casi llorando —. “Vosotros
no sabéis; no creéis; vosotros, ingleses, no comprendéis el pavoroso poder de
la vieja magia egipcia. No sé yo dónde habrás estado, pero ¡oh, señor!, no
vuelvas jamás allí, pues has corrido un terrible peligro. Solamente los magos
usan esa esencia y no hay ninguno de ellos que la pueda hacer por sí mismo; la
preparan los diablos y para cada redomita se requiere un sacrificio humano,
por ello es que la llaman sangre de virgen”.
“No más tonterías”, Mustafá — dije — “no esperes que dé yo crédito a
cuentos de esos; ¿no me puedes conseguir un poco siquiera de esa substancia
misteriosa?”.
“No, por todo lo que hay en el mundo”, contestó Mustafá, dejando ver
en su rostro un horror mortal; “no hay quien lo pueda conseguir; nadie, nadie,
lo aseguro, y si alguien pudiera obtenerlo, no sería yo quien se atreviera a
tocarlo, por mi vida. Efendi, aléjate de esas cosas, por el bien de tu alma”.
Reí del temor que por mí sentía; pero sin la menor duda de que el
hombre estaba mortalmente preocupado; y es lo cierto que nunca pude
conseguir, ni la más pequeña cantidad de aquel perfume que tan bien
recordaba, aún cuando lo busqué en todas las perfumerías del Cairo.
Cuando digo, pues, que fue ese misterioso aroma, sutil, pero
inconfundible, el que puso en actividad mi olfato en mi alcoba de Londres en
aquella noche memorable, podrá comprenderse la razón de mi sorpresa. ¿Qué
significaba aquello?. ¿Era posible que ese olor siquiera impregnando alguna
de las prendas de mi ropa?. Claro que no, pues de haber sido así, lo hubiera yo
advertido mucho antes de haber transcurrido catorce o quince meses. ¿De
dónde, pues, venía ese olor?. Tenía yo la plena convicción de que nada de eso
podría conseguirse en Inglaterra. El problema presentaba, pues, tales
dificultades, que cuando dejé de percibir el olor casi, casi me incliné a creer
que todo había sido efecto solamente de una alucinación y volví a ocuparme
de mi suspendido trabajo, resuelto a arrojar todo aquello de mi mente.
Dí, pues, satisfactoria forma a la frase intrincada que había quedado
pendiente y habría escrito cosa de una página, cuando de improviso, y sin
preámbulo alguno, tuve de nuevo, con más fuerza que antes, la clara
conciencia de una presencia extraña en el cuarto; pero en esta ocasión, antes
de que pudiera yo volverme para mirar, sentí, sentí en forma bien distinta, un
soplo de aire en la nuca y oí a la vez un débil suspiro. Salté de inmediato de
mi asiento con un grito inarticulado y miré ansiosamente alrededor del cuarto;
pero nada pude ver a más de lo usual; ninguna huella del misterioso visitante.
¿Ninguna huella, dije? ¡Aún antes de haber logrado yo restablecer la calma de
mi espíritu, hirió de nuevo mi olfato, otra vez desconcertado, aquel extraño
perfume sutil de la magia de oriente!.
Sería infantil el ocultar mi serio desconcierto. Me abalancé sobre la
puerta; sacudíla fuertemente tratando de abrirla; pero estaba bien cerrada;
exactamente como yo la había dejado. Volví hacia la alcoba; pero a nadie
hallé en ella. Hice una búsqueda en las dos habitaciones; escudriñé bajo la
cama, por debajo del sofá; bajo las mesas; abrí todos los cajones que pudieran
dar cabida a algo del tamaño tan siquiera de un gato; nada hallé tampoco y
permanecí perplejo. Me senté de nuevo tratando de comprender lo que ocurría;
pero cuanto más cavilaba, más lejos me hallaba de una explicación racional.
Decidí, por último sustraerme a la influencia de estos acontecimientos
por el momento, dejando el considerarlos, para la mañana siguiente. Quise
proseguir mi trabajo, pero me faltaba la capacidad para escribir; mi mente
estaba trastornada.
La idea de una presencia extraña no dejaba de acosarme; aquél débil y
triste suspiro resonaba incesante en mis oídos y su dolor inexpresable
provocaba en mí un sentimiento de depresiva compasión. Tras de inútiles
esfuerzos abandoné mis intenciones de escribir; me arrojé sobre un sillón
cercano y al fuego y comencé a leer.
Aún cuando no gusto de complicaciones en mis costumbres en general
— entiendo yo — en lo que a la lectura toca soy casi un sibarita: para leer
hago uso del mejor sillón que se pueda comprar, en el cual tengo adaptada la
“Máquina Literaria”, que no es sino la mejor de las invenciones para que el
libro quede en el ángulo exactamente requerido para que proteja la vista contra
la luz, concentrando a esta sobre las páginas de lectura y para que proporcione
una mesa para escribir sobre ella las anotaciones que se me ocurra tomar.
En tal situación placentera, pues, me senté entonces, eligiendo para mi
lectura los “Ensayos” de Montaigne, con la esperanza de que la agudeza del
autor y su maravillosa flexibilidad de estilo pudieran proporcionarme el tónico
mental que me era necesario. A pesar de mis esfuerzos por evadirme a ello, sin
embargo, me dominaban, mientras leía, dos ideas: una, la de aquella presencia
extraña y otra el recuerdo de los efluvios de aquella sutil fragancia del Egipto.
Media hora habría pasado cuando un soplo más fuerte que los anteriores
golpeó mis fosas nasales al mismo tiempo que un ligero susurro me hizo
levantar la vista del libro.
¡Imaginad mi asombro al ver, a menos de cinco yardas de distancia,
sentado ante la mesa de la que hacía poco me había levantado, y al parecer
atareada en escribir, la figura de un hombre! En el preciso momento en que
advertí su presencia, cayó la pluma de sus manos, levantóse del asiento; lanzó
sobre mí una mirada que parecía expresar amargo desencanto y con suplicante
actitud desapareció!.
Incapacitado por el terror para siquiera levantarme, fijé la vista en el
lugar en que había estado y me froté los ojos mecánicamente como para
limpiar los residuos últimos de una horrible pesadilla. A pesar de lo rudo de la
conmoción, quedé sorprendido al notar, en cuanto estuve en posibilidad de
analizar mis sensaciones, que eran estas de un definido alivio; y todo esto tuvo
lugar algunos minutos antes de que pudiera comprenderlas. Por fin tuve la
rápida visión de que la presencia invisible que me había estado atormentando,
había desaparecido ya y dime cuanta de cuán terriblemente me había
oprimido. Aquel extraño olor mágico evaporábase rápidamente y, a pesar de la
espeluznante visión que había tenido, gozaba ya de una sensación de libertad
semejante a la que ha de experimentar el que sale de lóbrego calabozo para
gozar de la brillante luz del sol.
Quizá haya sido este sentimiento más que ninguna otra cosa lo que me
permitió convencerme de que lo que yo había visto no era pura ilusión; de que
había realmente estado alguien en el cuarto durante todo el tiempo hasta que
por fin logró manifestarse y había ya desaparecido. Hice un esfuerzo y me
senté quietamente para recordar con cuidado todo lo visto y para anotarlo en el
papel que tenía ante mí en la máquina literaria. Primeramente, en cuanto a la
personal apariencia de mi visitante espectral, si es que tal era su condición. Era
hombre de elevada estatura; de adusto ceño, imperativo; su rostro denotaba
poder y determinación a la vez que dejaba notar huellas latentes de
impulsividad y brutalidad, todo lo cual en su conjunto causaba más bien temor
y deseo de evadir su presencia, que atracción o simpatía. Advertí de manera
especial la firmeza de sus labios porque el inferior aparecía marcado con una
cicatriz blanca muy notoria y recordé luego en qué forma había cambiado toda
su actitud, tomando una expresión en que se mezclaba la ira y la desesperación
con una súplica de ayuda y un cierto tinte de orgullo que parecía decir: “He
hecho ya todo lo posible; he jugado mi última carta y la he perdido; jamás me
detuve para pedir auxilio a ningún mortal; pero ahora de ti la imploro”.
Mucho obtener, diréis, de una sola mirada; pero esto fue exactamente lo
que el espectro sugirió a mi fantasía y, no obstante lo siniestro de su
apariencia, mentalmente resolví que su demanda no sería en vano, si me fuera
posible descubrir quién era y qué deseaba. Nunca había dado crédito hasta
entonces a las apariciones; ni siquiera tenía la seguridad de creer en la de
ahora; pero ciertamente que un semejante acosado por el sufrimiento no era
otra cosa que un hermano a quien ayudar, estuviera en su cuerpo o fuera de él.
Tales pensamientos disiparon de mi todo temor y firmemente creo que si el
espectro hubiese aparecido de nuevo, le hubiera invitado a tomar asiento para
exponer su caso con toda calma como si se tratara de uno de mis clientes.
Cuidadosamente anoté todo lo sucedido en aquella noche, escribí la
hora y la fecha y suscribí todo ello con mi firma; y luego, al cambiar la vista,
advertí dos o tres papeles en el suelo. Había yo visto que una de las anchas
mangas de la larga túnica obscura que vestía el espectro había hecho volar
esos papeles al levantarse lo que por primera vez me hizo recordar que éste
aparecía como escribiendo en la mesa, de donde deduje la posibilidad de que
hubiera hallado alguna huella para descifrar el misterio.
Inmediatamente comencé a examinarle; pero todo lo que en ella había
se encontraba tal como yo lo había dejado, salvo mi pluma que se hallaba
donde yo la había caer de su mano.
Recogí luego los papeles del suelo y mi corazón latió con fuerza al ver
entre ellos un pedacito sucio y arrugado que con seguridad no había quedado
antes sobre la mesa.
Imaginad cuán ansiosamente le eché mano. Era una hoja pequeña de
forma oblonga de cinco por tres pulgadas o cosa así; un pedazo, parecía, de
una hoja mayor o de un libro pequeño porque la orilla de uno de sus extremos
estaba sumamente dispareja lo que sugería que había sido arrancada con
mucha fuerza y ciertamente el papel era tan grueso y de tal consistencia de
cartón que esto no era extraño. Lo más curioso era que, mientras que el papel
estaba ya muy desteñido — manchado con agua y amarillento por la edad —
la orilla dispareja permanecía blanca y fresca, tal como si acabara de ser
arrancada. Una de las caras del papel estaba completamente en blanco, o por
lo menos, si alguna escritura hubiera contenido, habría desaparecido ya por la
acción del tiempo y la humedad; en la otra cara había algunos caracteres
borrosos e ilegibles, tan desteñidos ya que casi no podían distinguirse y, con
escritura de mano recia y firme y tinta negra y fresca, estas dos letras “RA”. Y
pues la tinta usada para escribir estas dos letras correspondía exactamente con
la que yo acostumbraba a usar, no pude dudar de que habían sido escritas en
mi mesa y que eran el principio de alguna explicación que el espectro quiso
dar, pero que por alguna razón no le fue posible. Por qué se había tomado la
molestia de traer consigo el papel, no pude explicármelo, pero inferí que
probablemente había escondido algún misterio tras de aquellas indescifrables
manchas amarillas, por lo cual les dediqué toda mi atención. Tras de pacientes
y repetidos esfuerzos, me convencí de que nada razonable podía sacar de ellos
y resolví esperar la luz del día.
En contra de lo que esperaba no soñé aquella noche en mi espectral
visitante, aunque si estuve algún tiempo despierto pensando en él. A la
mañana siguiente conseguí que mi amigo me facilitara un anteojo de aumento
y comencé de nuevo mi investigación. Pude ver que había dos líneas de
escritura aparentemente en un idioma extranjero y una marca extraña,
semejante a ciertos monogramas, colocado como si fuera una firma. Pero a
pesar de mis esfuerzos no pude, ni distinguir las letras del monograma, ni
averiguar cuál era el idioma usado en las dos líneas de escritura. Hasta donde
pude aclarar estaban formadas por las letras siguientes:
QUOM UIA DAOUSA SITA CO UIA UIESE QUOAM.
Algunas de estas palabras semejaban ser latinas; reflexioné que si el
memorándum era tan viejo como su apariencia, era muy probable que fuera el
latín el lenguaje usado; pero no pude tan poco llegar a una frase coherente, por
lo que seguía tan distante como siempre de la solución. No supe ya qué
nuevos pasos dar. Tanto temía divulgar los sucesos de aquella noche, que ni
siquiera me resolví a mostrar a nadie el pedazo de papel, por temor a que esto
condujera a investigaciones sobre la forma en que había llegado a mis manos.
Así es que, dejándolo en mi librero, quedaron en suspenso, por entonces, todas
mis pesquisas.
No había yo aún conseguido ninguna nueva luz en este asunto, ni
llegado a ninguna conclusión sobre él, cuando dos semanas más tarde ocurrió
el segundo incidente de esta verídica historia. Me hallaba sentado otra vez ante
mi mesa de escribir al comenzar la noche, dedicado no a escribir mi libro, sino
a la menos grata actividad de contestar cartas. Me disgusta escribir cartas y
tengo la propensión de dejar que mi correspondencia se vaya acumulando
hasta asumir grandes proporciones y hasta que llegue a exigir atención
imperiosamente y es entonces cuando destino uno o dos días a este purgatorio
hasta dar fin al trabajo. Esta era una de tales ocasiones, agravada por la
circunstancia de tener que decidir cuál aceptaría de tres invitaciones de
Navidad.
Durante muchos años había sido mi costumbre el pasar la Navidad,
cuando me encontraba en Inglaterra, con mi hermano y su familia; pero este
año la salud de su esposa les había obligado a pasar el invierno en el
extranjero. Soy conservador en mis costumbres; absurdamente conservador,
en cuanto a pequeñeces se refiere y creí que no podría pasar yo la Navidad a
gusto en otra casa que no fuera la suya, de manera que no me ocupé de hacer
ninguna elección. Allí estaban, sin embargo, tres invitaciones; era ya catorce
de diciembre y aún no había resuelto nada. Estaba incierto todavía sobre este
punto cuando llamó mi atención un fuerte toque de llamada en la puerta. Al
abrirla apareció ante mí un hermoso muchacho, de cara tostada por el sol, a
quien de pronto no pude reconocer; pero cuando me dijo con tono alegre:
“¡Hola! Keston, viejo amigo, me parece que me ha olvidado usted!”.
Reconocí inmediatamente a mi antiguo condiscípulo Jack Fernleigh.
Había sido mi galopín en Eton, pero su jovial cordialidad y su simpático
carácter, hicieron que nuestra relación “oficial” se convirtiera en una firme
amistad, cosa muy poco frecuente, y aún cuando era él tanto más joven que
yo, sólo estuvimos juntos en Oxford unos cuantos meses, seguimos llevando
buena amistad y continué sosteniendo correspondencia con él de tarde en tarde
desde entonces. Sabía yo, pues, que hacía unos años había tenido algunas
diferencias con su tío (único pariente que le quedaba) y se había marchado a
las Indias Occidentales en busca de fortuna; y aún cuando nuestras cartas
habían sido pocas y con largos intervalos, estaba yo al tanto de que le había
ido bien, por lo que no fue poca la sorpresa de verlo ante la puerta de mis
habitaciones en Londres.
Dile cordial recepción; le hice sentarse cerca del fuego y le pedí, me
explicara el por qué de su presencia en Inglaterra. Me dijo que su tío había
muerto repentinamente sin dejar testamento y que sus abogados así se lo
habían comunicado. Abandonando su trabajo inmediatamente, tomó el primer
vapor para Inglaterra. Llegado a Londres muy tarde ya para entrevistar a sus
abogados y no teniendo ya amistades en la ciudad, había venido así me lo dijo
— a ver si aún recordaba yo a su antiguo galopín.
“Y mucha alegría me da el que así lo hayas hecho”, dije: “¿dónde está
tu equipaje?. Vamos a mandarlo traer del hotel, porque voy a mandarte
arreglar aquí la cama para que pases esta noche”. Hizo una ligera protesta que
inmediatamente rechacé y enseguida mandamos a un criado a recoger el
equipaje del hotel y nos sentamos a charlar del tiempo pasado hasta muy
entrada la noche. A la mañana siguiente salimos muy temprano para visitar a
sus abogados y después de comer nos encaminamos hacia Fernleigh Hall
(ahora de su propiedad); pero no sin haber antes decidido que yo pasaría la
Navidad en esa finca con él en vez de aceptar cualquiera de las tres
invitaciones previas.
“Creo yo que voy a encontrar las cosas en completo desorden”, dijo;
“pero en esta semana podré arreglarlo todo y si usted regresa para el día
veintitrés le prometo que tendrá por lo menos una buena cama para dormir; así
hará usted una obra de caridad, evitándome el que pase mi primera Navidad en
Inglaterra, después de tantos años de ausencia, solo y triste”.
Así lo dejamos convenido y, en consecuencia, a las cuatro de la tarde
del día veintitrés daba nuevamente la mano a Jack, en el andén de la pequeña
estación distante unas cuantas millas de Fernleigh. Cuando llegamos a la casa
estaba ya muy próxima la noche y la obscuridad no me permitió darme sino
una muy ligera idea de la apariencia exterior de la finca. Era una gran mansión
de tipo isabelino; pero claramente se podía notar que requería reparaciones; no
obstante, las habitaciones en que penetramos eran muy amplias y alegres.
Luego de una comida abundante, Jack me propuso recorrer la casa. Así pues,
precedidos de un viejo criado que solamente nos alumbraba con una lámpara,
ambulamos por interminables corredores, recorrimos patios desolados,
entramos y salimos por docenas de alcobas y salones adornados con tapices y
entrepaños. Algunas de esas piezas tenían paredes de tan enorme espesor, que
hacían sospechar en toda clase de puertas falsas y de salidas secretas.
Cayó así mi cerebro en la mayor confusión y me vino la idea de que, si
mi compañero me hubiera abandonado, podía yo haber empleado varios días
para hallar la salida de aquel laberinto.
“Podrías acomodar aquí un ejército entero, Jack”, dije.
“Sí”, contestó. “Y en el buen tiempo antiguo, Fernleigh fue bien
conocido en todo el país por su generosa hospitalidad; pero ahora, como usted
ve, los cuartos están deteriorados y casi sin muebles.
“Pronto arreglarás todo esto cuando traigas aquí una mujercita”, dije,
“sólo hace falta aquí una esposa que cuide todo esto”.
“Ni pensar en eso, viejo amigo”, replicó Jack, “no tengo dinero
suficiente”.
Supe yo, en los días de colegio, que Jack había tenido de niño devota
adoración por Lilian Featherstome, la hija del rector de la parroquia, y le había
oído referir que, por su parte al menos, su infantil atracción habíase
transformado en algo más profundo; así pues, le pregunté por ella y pronto
pude saber que su estancia en los trópicos no había modificado sus
sentimientos en lo tocante a esto; que había logrado ya encontrarse con ella y
con su padre después de su regreso y que tenía la seguridad de que la ruborosa
alegría que advirtió en los ojos de la muchacha la primera vez que se vieron
era claro indicio de que ésta no lo había olvidado durante su ausencia.
Pero ¡ca!. El padre de la chica no contaba sino con escasos medios de
fortuna y el tío de Jack (un calavera egoísta) no sólo había dejado que todo se
fuera arruinando, sino que había ido empeñando la heredad en forma tal, que
aún cuando ahora todas las deudas habían sido pagadas quedando la finca libre
totalmente, poco en efectivo se había salvado, lo suficiente, en verdad, sólo
para sostener a Jack; pero de ninguna manera para costear un casamiento.
“No hay, pues, esperanza de boda con Lilian”, añadió; “pero soy joven
y fuerte; puedo trabajar y confío en que ella me espere. El martes la verá
usted; pues los tengo invitados para ese día; querían ellos que los invitara la
noche de Navidad, pero ya les tengo dicho que ese día me viene a visitar un
viejo amigo”.
Llegábamos precisamente en ese momento a la galería de pinturas y el
viejo criado, abriendo la puerta, nos franqueaba la entrada.
“No Jack”, dije. “Veremos esto mañana; no podemos ya ver bien los
cuadros pues hay poca luz. Regresaremos a la chimenea para que me cuentes
la vieja leyenda de tu familia de que tanto te oí hablar en el colegio; nunca me
referiste sino fragmentos aislados”.
“Nada hay en ella que merezca el dictado de leyenda”, dijo Jack cuando
nos hubimos sentado en la piecita acogedora que denominaba su estudio; “ni
tampoco es muy antigua, pues data sólo de fines del siglo XVIII. Todo el
interés de esa historia se concentra en Sir Ralph Fernleigh, el último barón,
quien parece ser, en todo y por todo, un personaje poco recomendable. Se le
describe como hombre huraño y raro, de fuertes pasiones, de voluntad de
hierro y de orgullo indomable; pasó mucho tiempo en el extranjero y se le
atribuye haberse hecho de enorme riqueza por medios reprobables. Se le
conocía comúnmente con el nombre de “el malvado Sir Ralph”, y los vecinos
dados a la superstición creyeron que practicó las artes negras, durante su larga
permanencia en el oriente. Otros estimaban que había sido corsario y decían
que en aquellos tiempos era cosa fácil para un hombre audaz y resuelto
practicar impunemente la piratería”.
“Se decía también que tenía muchos conocimientos en joyas y se le
atribuía el poseer una de las más espléndidas colecciones de piedras del
mundo; pero como nada de esto pudo encontrar su heredero inmediato,
deduzco yo, que, salvo que las piedras hayan sido robadas, no era esto más
que un mito semejante al que lo hacía aparecer como dueño de barras de oro y
plata que atesoraba en sus sótanos. Parece ser verdad que sí era rico hasta
cierto punto y que durante los últimos años que pasó aquí vivió en completo
aislamiento. Despidió a todos sus criados dejando sólo a su servicio a una
persona de su confianza, un italiano que lo había acompañado en su vida
errante; los dos llevaron aquí una vida de ermitaños, exenta de intercambio
con el mundo exterior. El rumor general era que, aunque Sir Ralph tenía
almacenados enormes caudales de riqueza mal habida, llevaba una vida de
miseria. Los pocos que lo habían visto murmuraban del aspecto siniestro de su
orgullosa faz y hablaban en secreto de algún crimen secreto terrible; pero no
sé yo que tales cargos hayan sido realmente fundados”.
“Una mañana, sin embargo, desapareció misteriosamente; tal fue por lo
menos la relación del viejo italiano que un día se presentó en el pueblo,
inquiriendo temeroso, en su inglés chapurreado, si alguien había visto a su
amo. Dijo que dos días antes había ordenado Sir Ralph en la noche anterior
que ensillaran su caballo temprano para la mañana siguiente, pues tenía que
hacer sólo un corto viaje; pero al día siguiente aún cuando el caballo estaba
listo, el barón no apareció por ningún lado. No dio él contestación ninguna a
las llamadas de su criado y aún cuando éste buscó en todas las habitaciones de
la enorme casa antigua, no pudo encontrar ni siquiera una huella de su amo.
Nadie había dormido en su cama la noche anterior y la única teoría que pudo
ofrecer fue la de que se lo habían llevado los diablos que solía evocar. Los
aldeanos sospecharon del sirviente y no faltó alguien que sugiriera que debía
arrestársele, lo cual, al llegar a sus oídos, pareció causarle alarma tal (en su
ignorancia de los usos del país) que desapareció también misteriosamente esa
misma noche y nunca se le volvió a ver”.
“Dos días después los más aventureros formaron un grupo
expedicionario, examinaron toda la casa y todo el terreno circundante;
hurgaron en todos los rincones y escondrijos y prorrumpieron en fuertes
gritos; pero ninguna voz contestó; y desde aquel día hasta hoy ninguna huella
del amo, ni de ningún otro ha aparecido a la luz del sol. Y como los
expedicionarios no pudieron hallar nada de los supuestos caudales, llegó a ser
artículo de fe entre ellos que ‘el bribón del criado’ había asesinado a su amo,
había enterrado su cadáver y se había escapado con el tesoro, y por supuesto,
pronto cundió el cuento de que el espíritu de Sir Ralph había sido visto
merodeando por el lugar”:
“Se rumoraba que en su cuarto se podía distinguir fácilmente de todos
los demás, de la lóbrega casona por un ambiente peculiar causado por la
incesante aptitud de acoso de su inquieto dueño; pero esto pronto se convirtió
en mera tradición, y actualmente no hay quien sepa siquiera en qué parte de la
casa estaba su cuarto, ni oí nunca hablar de las apariciones del espectro
durante la vida de mi tío, aún cuando sí sé que éste le daba algún crédito y que
jamás le agradó hablar de ellas. Después de que Sir Ralph desapareció el lugar
quedó deshabitado y en completo abandono durante algunos años, hasta que al
fin un pariente lejano reclamó sus derechos, y habiendo conseguido un fallo
favorable, tomó posesión de la finca. Se dice que este heredero solamente
encontró en los bancos un saldo insignificante a favor de Sir Ralph; pero como
según parece, contaba con fondos propios, pronto procedió a reparar y
componer la vieja casa dejándola en condiciones aceptables. Pasó luego ésta a
propiedad de mi tío, quien, como usted ve, dejó que todo se arruinara otra
vez”.
“Muy curiosa leyenda de familia, sin duda Jack”, dije, “aún cuando
quizá le falte algo para ser de veras interesante, ¿tienes alguna cosa que haya
sido de uso personal de Sir Ralph?.
“Ahí está su retrato en la galería de pinturas, junto con todos los demás;
hay también algunos libros antiguos suyos en la biblioteca y dos o tres piezas
de mobiliario que se estima fueron de su propiedad; pero me temo que todo
esto en nada contribuya a aumentar el interés de la leyenda”.
Poco después, al ir pronunciando estas palabras en el momento en que
nos separábamos para irnos a la cama, en dónde podía residir el verdadero
interés de la historia y en qué forma lo íbamos a descubrir.
Mi alcoba era una enorme habitación de paredes de espesor prodigioso
adornadas con bellísimos entrepaños de hermosos y viejos tallados. Una
cenefa de rosas y lirios que bordeaba los entrepaños atrajo mi atención en
forma especial, pues juzgué que constituía uno de los más finos especimenes
de ese estilo que había encontrado. Hay siempre algo misterioso en esas viejas
alcobas de estilo isabelino amuebladas con camas enormes de voluminosa
construcción y creo yo que la reciente visita espectral que acababa de
experimentar me hacía más susceptible a tal influencia; y así, no obstante que
el fuego, que la hospitalidad de Jack había proporcionado para mí, al trepidar
lanzaba su luz clara sobre todos los rincones, al tenderme en la cama me asaltó
este pensamiento: “¿Qué sucedería si éste fuera el aposento olvidado de Sir
Ralph y si volviera éste a interrumpir mi sueño como aquél otro visitante en la
ciudad?”.
Esta idea retornaba a mi mente una y otra vez, hasta que realmente
comencé a distinguir aquella atmósfera peculiar de que Jack había hablado;
una influencia sutil que gradualmente se iba posesionando de mí.
Comprendiendo el malestar que esto me causaba, cosa que podría privarme de
sueño reparador, resolví ahuyentar enérgicamente tales ideas; pero a pesar de
mi resolución, no me fue posible desasirme completamente de esta asociación
de ideas (causado todo ello — creo yo — por el ambiente en que me hallaba),
pues todos los detalles del extraño sucedido en mis habitaciones volvía una y
otra vez a mi cerebro en forma sorprendentemente distinta y precisa.
Caí por fin en agitado sueño durante el cual mi antiguo visitante y la
idea que de Sir Ralph me había formado parecían perseguirse mutuamente en
el interior de mi cerebro, hasta que por fin toda esa confusa visión vino a
culminar en un sueño de suma vividez. Me veía a mí mismo acostado en la
cama (tal como estaba en realidad), mientras el fuego brillaba con intensidad,
cuando de improviso surgió ante mí la misma figura que había ya visto en mis
habitaciones, cubierta con la misma túnica holgada y negra; pero llevando
ahora en la mano un pequeño libro; evidentemente aquél al que pertenecía la
hoja que estaba en mi poder, ya que pude notar el lugar del cual esa hoja había
sido arrancada; y con el dedo índice de la mano derecha apuntaba el espectro a
la última página del libro, mientras lanzaba una mirada ansiosa sobre mí. Salté
del lecho y me acerqué a la figura que se retiró de mí hasta llegar a una de las
adornadas paredes a través de la cual parecía irse diluyendo apuntando aún a
la página del libro y con la misma implorante mirada aún en sus ojos.
Desperté entonces de súbito y me encontré de pie junto a la pared en el preciso
lugar en que la figura parecía haberse disuelto, con el mismo brillo rojo de
fuego que se reflejaba del tallado de la pared, tal como lo había visto en mi
sueño y percibiendo con intensidad aquél extraño dulce olor del perfume
oriental. En un momento brilló en mi mente una idea que fue para mí como
una revelación. Había una peculiaridad en la atmósfera del cuarto; razón había
yo tenido de imaginarlo así; y esa peculiaridad, que antes no había podido
reconocer, no consistía sino en la sutilísima permanente sugestión de aquél
mágico aroma; tan sutil que no me había sido posible identificarlo hasta que
este último más fuerte efluvio vino a hacérmelo notar.
¿Fue esto un sueño, me pregunté o había yo visto en realidad a mi
misterioso visitante una vez más?. No pude aclararlo; pero de cualquier
manera era cosa indudable que ese olor se percibía en el cuarto. Quise abrir la
puerta pero como lo supuse, la encontré tal como la había dejado — bien
cerrada con llave. Avivé el fuego hasta que flameó con brillantez; arrojé en él
más carbón y me metí de nuevo en la cama; en esta ocasión para lograr un
sueño profundo y refrescante, hasta que por la mañana me despertó el criado
con agua caliente.
Pasando revista a mi aventura nocturna a la serena luz del día, no pude
sino inclinarme a pensar que quizá algo de ella era resultado de mi
calenturienta imaginación, no obstante que aún me parecía percibir aquella
sutil peculiaridad de la atmósfera. Decidí no hablar de esto para nada con
Fernleigh, pues ello hubiera dado por resultado el tener que descubrirle la
aparición de Londres, cosa que me horrorizaba comunicar a nadie; así pues,
cuando Jack me preguntó cómo había dormido le respondí:
“Por la mañana muy bien, pero un tanto inquieto al principio de la
noche”.
Después del almuerzo caminamos por el extenso parque y examinamos
la vieja casona desde diferentes puntos de vista. Quedé maravillado de su
espléndida situación y de sus pintorescos alrededores; y aún cuando se
notaban tristes huellas de abandono, comprendí que un desembolso pequeño
en relación con la importancia de la finca podría dejarla en condiciones de
rivalizar con cualquiera otra mansión o propiedad de su tamaño en todo el
reino. Con entusiasmo hice ver a Jack tales posibilidades, pero el pobre
muchacho lamentó con tristeza que la suma requerida para tales mejoras, aún
cuando comparativamente pequeña sin duda, era muy crecida para él en sus
actuales condiciones. Luego de algunas horas de paseo regresamos a la casa y
habiendo sugerido Jack que fuésemos a visitar la galería de pinturas y algunos
otros cuartos que no habíamos visitado la noche anterior, pasamos primero a
la galería, donde Jack me indicó que había ésta dado albergue en algún tiempo
a muchas obras casi inapreciables, joyas de las antiguas escuelas flamencas e
italiana; pero que su tío, derrochador como había sido, se deshizo de ellas a
precios irrisorios para conseguir dinero para sostener sus juergas en la ciudad,
por lo que las que quedaban carecían de gran valor relativamente. Se
conservaba aún allí la usual colección de retratos de los antepasados, algunos
de ellos de fiel realismo y fina ejecución, otros verdaderos mamarrachos.
Pasábamos ante ellos con escaso interés, cuando advirtieron mis ojos una
imagen que aprisionó mi atención produciendo en mí un escalofrío que
recorrió mi espina dorsal: ¡allí estaba, surgiendo de la tela, aquella misma faz
que vívidamente apareció ante mí la noche anterior; la cara del misterioso
visitante de Londres!.
La imperativa mirada, la actitud implacable; idéntico aire de pasión y
crueldad; allí también, aún cuando suavemente disimulado por el artista y con
apariencia menos prominente de lo que era en realidad, aquella extraña
cicatriz blanca que descendía hacia la barba desde el borde del labio inferior.
Con la diferencia del rico vestido cortesano en lugar de la negra túnica sin
adornos, nada faltaba sino aquella mirada de súplica implorante para que la
semejanza fuera completamente exacta. Algo de la emoción que sacudió mis
nervios apareció sin duda en mi expresión, pues Jack me cogió por el brazo
gritando:
“¡Dios mío! ¿qué le sucede, Tom?. ¿Está usted enfermo?. ¿Por qué fija
la vista con espanto en el retrato de Sir Ralph?”.
“¿Sir Ralph?. Sí, el malvado Sir Ralph. Lo conozco. Vino anoche a mi
cuarto, lo he visto ya dos veces”.
Balbuceando estas deshilvanadas palabras, me eché sobre un sofá y traté
de apaciguar mis emociones. La verdad completa había brillado ante mí como
un relámpago y era esto demasiado para mí. Por supuesto que el lector
inteligente habrá ya caído en la cuenta de ello hace mucho; pero hasta aquél
momento no había yo tenido ni siquiera la sospecha de que Sir Ralph y mi
espectral visitante de Londres fueran el mismo; ahora lo sabía todo: la palabra
que comenzaba por “RA” y que él había querido escribir era su nombre; había
él previsto (el cielo sabrá cómo) mi visita a Fernleigh y quiso impresionar mi
mente, presentarse él mismo a mí, como si dijéramos, de antemano. Me veía
pues obligado a referir a Jack toda la historia y sentí gran descanso al advertir
que en lugar de reírse de mí, como casi lo temía, manifestaba gran interés en
mi relación:
“Nunca he creído en apariciones”, dijo, “pero en este caso no queda
lugar a duda. Una persona enteramente extraña se le aparece a usted en
Londres; reconoce usted su retrato inmediatamente que lo ve en Fernleigh y
resulta que es el mismo que la tradición rumora que merodea por estos
lugares. ¡La evidencia es completa!.
“¿Pero por qué se me ha aparecido a mí?”, repliqué, “nada sé yo de
aparecidos ni de sus usos o costumbres; ni soy tampoco eso que los espiritistas
llaman mediumnímico. ¿No hubiera sido más práctico el que se te hubiera
aparecido a ti directamente?. ¿Por qué me habrá elegido a mí para su
aparición?”.
“No puedo saberlo”, añadió Jack; “Quizá cuestión de simpatía, pero
¿qué querrá él?. No estamos más cerca de saberlo que antes, ¿dónde está la
hojita de papel?. Me da la idea de que si resolvemos ese misterio daremos con
la clave de todo este enigma”.
Saqué yo entonces de mi bolsillo el pedazo de papel y lo entregué a
Jack.
“Sí”, exclamó al verlo. “Es ese ciertamente el monograma de Sir Ralph;
lo conozco bien por haberlo visto en varios libros de la biblioteca”.
Fuimos a ella enseguida para comparar la escritura de algunos de los
libros de Sir Ralph con la de la hojita; la semejanza era perfecta aún cuando la
letra de ésta última parecía mejor hecha, como si se hubiera esforzado por
hacerla más legible; mientras que en el monograma eran exactamente
similares todos sus rasgos y líneas. La ayuda de Jack me permitió reconocer
claramente las iniciales “R. F.”, cosa que seguramente no hubiera podido
aclarar por mí solo. Concentramos luego nuestra atención en las dos líneas de
escritura; sacó Jack de su cajón una poderosa lente y las examinamos por
mucho tiempo y con cuidado.
“Las letras son exactamente las que habéis anotado”, dijo al fin; “pero,
¿qué lengua puede ser ésta?. No es español; tampoco portugués ni italiano y
usted que conoce algunos dialectos orientales tampoco sabe de qué lengua se
trata; no creo yo que sean palabras, Tom; más bien parece ser algo escrito en
clave”.
“Pero es que, como sabes”, dije, “los mensajes en clave aparecen
siempre como una combinación de consonantes que disfrazan por completo su
verdadero significado”.
“No siempre”, dijo Jack, “eso depende del sistema empleado. Resulta
que hace tiempo, por mera curiosidad, hice yo del arte de descifrar lo escrito
en clave, mi estudio predilecto y tengo la pretensión de creer que no hay
ninguno que no pueda yo descifrar con el tiempo y la paciencia suficientes”.
“Entonces, Jack, si éste es uno de los que puede descifrar, pon en juego
tu habilidad enseguida”.
Se puso a trabajar y debo yo confesar que quedé maravillado del
ingenio de que dio pruebas y de la facilidad con que seguía las huellas más
insignificantes. No es necesario que dé yo aquí los detalles de su
procedimiento; gracias al genio de Edgar Allan Poe todo el mundo conoce la
forma de descifrar criptógrafos. Baste pues, decir que éste, aún cuando muy
sencillo, nos dio mucho trabajo y nos llevó a una solución equivocada a
consecuencia de que se emplea en su formación un sistema doble. La regla
consiste en substituir por cada consonante la letra que le sigue en el alfabeto, y
por cada vocal no la letra, sino la vocal que le antecede. Empleando el proceso
de la inversa, el lector descubrirá con toda facilidad que su significado es el
siguiente:
Tire de la rosa central del tercer entrepaño1.
Puede imaginarse nuestra excitación al terminar de descifrar el mensaje.
Me di cuenta inmediatamente de a qué aludía, pues recordaba la cenefa tallada
de rosas y lirios que servía de borde a los entrepaños de la noche anterior. El
criado se presentó para anunciarnos que estaba listo el almuerzo, pero no
hicimos caso de ello; como muchachos de escuela subimos precipitadamente
las escaleras y nos abalanzamos en el cuarto adornado de entrepaños.
“El tercer entrepaño ¿desde qué extremo?”, preguntó Jack. Pero yo no
tuve la menor duda; recordaba que el espectro habíase diluido a través de la
pared a la izquierda de la chimenea y me dirigí pues hacia ese lugar sin
vacilación; puse la mano en el tercer entrepaño comenzando de la esquina y
dije:
“Este es”.
Tan grande era el entrepaño, sin embargo, que no pudimos alcanzar la
rosa del centro y nos fue necesario arrastrar una mesa para trepar sobre ella.

Saltó Jack encima y tiró con fuerza de la rosa central pero sin ningún
resultado.
“Baja”, dije, “vamos a ver si es al otro lado”.
Cambiamos la mesa y Jack de nuevo y ahora con éxito. Un pequeño
pedazo había sido aserrado y clavado en la parte superior y al tirar de la rosa
quedó ésta levantada y se descubrió una cavidad como de seis pulgadas de
largo en la que había un voluminoso manubrio. Por algún tiempo resistió éste,
nuestro esfuerzo pues la maquinaria con él conectada, cubierta de herrumbre,
se negaba a girar; al fin logramos que diera la vuelta; el enorme entrepaño se
abrió como una puerta dejando ver en su interior un oscuro pasadizo
abovedado con escaleras que hacia abajo conducían y de donde emanó de
nuevo, más fuerte que nunca, aquél extraño y dulce perfume de Egipto que
venía acosando en mi imaginación tanto tiempo hacía. Jack iba a lanzarse
escaleras abajo pero yo lo contuve.
“Calma, mi querido amigo”, le dije, “domina la paciencia, este lugar ha
estado cerrado durante mucho tiempo y es preciso dejar que el aire lo ventile;
no sabes qué letales gases pueden haberse acumulado en ese agujero horrible.
Además, debes cerrar la puerta del cuarto para no ser interrumpidos en nuestra
investigación”.
Logré al fin persuadirlo de que esperara cinco minutos, aún cuando no
fue cosa fácil por nuestra excitación. Mientras tanto, no pudimos menos de
quedar sorprendidos de la enorme fuerza de las paredes y del cuidado para
proteger el entrepaño corredizo por medio de un gran refuerzo de encino, para
impedir que produjera ruido en caso de un golpe accidental, y quedando así,
en verdad, tan capaz de resistir cualquier impacto como otra parte cualquiera
de la pared. Cuando pudimos notar la enorme fuerza de la cerradura nos
explicamos bien el trabajo que nos costó hacer girar el manubrio.
Transcurridos los cinco minutos encendimos un par de velas que
hallamos sobre una repisa y con un sentimiento mezcla de placer y terror
penetramos en el oculto pasadizo. La escalera daba vueltas en forma abrupta
hacia la izquierda y descendía luego a lo ancho de la pared. Mis temores sobre
falta de ventilación resultaron infundados, pues sentimos una fuerte corriente
de aire que probaba que tenía que haber alguna abertura en el pasadizo.
Al final de la escalera nos encontramos en una larga y extensa bóveda
de unos seis pies de anchura, de quizá unos treinta de longitud y seguramente
de unos 14 o 15 de alto, tanto el piso como las paredes estaban revestidos de
piedra y en la parte externa de la pared, cerca ya del techo, completamente
fuera de nuestro alcance, pudimos ver una hendidura, semejante a las
aspilleras que en la antigüedad se usaba para lanzar flechas dándose
protección contra los enemigos, a través de la cual pasaba un poco de luz, así
como la corriente de aire que habíamos advertido. En el suelo, en la
extremidad más alejada, había dos grandes cajas de madera — único
mobiliario de este calabozo — y sobre una de ellas un bulto negro que a la luz
parpadeante de las velas, daba la impresión horrible de un cadáver amortajado.
“¿Qué será eso?”, dije yo, retrocediendo con instintivo horror; pero
Jack, abalanzándose hasta el extremo de la bóveda, y luego dejó caer la vela
dando un grito ahogado y regresó hasta mí con el rostro pálido de terror.
“Es el cuerpo de un muerto”, balbuceó horrorizado; “debe ser el de Sir
Ralph”.
“Seguramente”, dije yo en igual tono, “quedó aquí encerrado de algún
modo y pereció de hambre”.
“¡Santo cielo!, gritó Jack lanzándose hasta más allá de mí y subiendo
luego las escaleras con rápidas zancadas. De pronto creí yo que, trastornado
por el terror, iba a abandonarme; pero poco después regresó, pálido aún de
emoción.
“Imagínate, Tom”, dijo, “suponga que un golpe de viento cerrara
aquella puerta; lo mismo que exactamente pudo habernos sucedido a nosotros!
Nadie sabe que exista este lugar y nadie hubiera venido a buscarnos y con una
puerta de este espesor, ni siquiera soñar que hubiéramos podido salir o hacer
que oyeran nuestros gritos. Pero ahora ya aseguré que la puerta quedara
abierta y estamos a salvo”.
“Cosa horrible en verdad, pero que tenemos que examinar”, dije yo.
Nos acercamos al bulto, habiendo Jack recogido su vela y
encendiéndola de nuevo. Apareció ante nuestros ojos una visión horrenda;
sobre una de las cajas, cubierto con una túnica negra de anchas mangas, yacía
un esqueleto; el rostro de macabro aspecto hacia arriba; los brazos caídos
hacia los lados en lúgubre semejanza de sueño. Cerca de él, sobre el suelo,
había una botella de extraña forma y ancho cuello y sobre la otra caja — me
estremecí de horror al reconocerlo — ¡el mismo libro aquél que llevaba el
espectro que me visitó durante el sueño!. Levántelo y comencé a examinarlo.
Se abrió precisamente en la hoja arrancada; pero rápidamente pasé a aquellas
últimas que la espectral figura había apuntado con tanta insistencia y en las
cuales había escrito lo siguiente:
Yo, el barón Ralph Fernleigh, dejo aquí escrita mi postrera voluntad. El
juicio de Dios o la infame brujería hanme encerrado aquí, en este oculto
escondite de mi propiedad, del que no podré escapar. En este lugar he pasado
tres días, con sus tres noches y pues no me espera otra cosa que perecer de
hambre, he resuelto poner fin a tan miserable existencia ingiriendo algo de las
venenosas resinas de las que tengo afortunadamente alguna cantidad. Pero
antes haré confesión del horrendo pecado que pesa sobre mi alma y haré
solemne recomendación al que descubra mi cuerpo y lea este escrito2.
..........
Y si quien lea estas palabras no cumple con la restitución que aquí
ordeno o si revela a algún mortal mi horrendo crimen que aquí confieso, caiga
sobre él para siempre mi solemne maldición y sepa que mi espíritu habrá de
perseguirle hasta la tumba. Pero si da fiel cumplimiento a mi mandato, en
pago de ello, le cederé haciéndolo mi heredero, toda la riqueza que aquí se
encuentre, confiando en que hará de ella mejor uso que el que yo le di. Y así,
que tenga Dios misericordia de mi alma.
Ralph Fernleigh

La profunda impresión que nos produjo, la presencia de los despojos, la
lectura de un mensaje procedente de un muerto, fácilmente puede imaginarse.
Había tomado ya la botella de ancho cuello en cuyo fondo todavía quedaban
residuos oscuros de una substancia viscosa; evidentemente las “venenosas
resinas” del relato; pero al saber su terrible asociación la arrojó al suelo
horrorizado haciéndola romperse en mil pedazos. No fui capaz de reprocharle
este arranque, a pesar de que el contenido no era otra cosa que el egipcio
perfume cuya obtención tanto había deseado. (Puedo mencionar aquí que
posteriormente recogí unos cuantos gránulos y que, habiéndolos sometido a
análisis, vine a determinar que se trataba del leobhan de Persia sólo que
mezclado con belladona, cáñamo de la India y otros ingredientes vegetales
cuya exacta naturaleza me fue imposible precisar).
Nuestro penoso deber siguiente consistió en el examen de las cajas; pero
para ellos nos fue necesario quitar primero el esqueleto y era así que no ya
eso, sino el sólo mirarlo nos causaba horror. Pero había que consumar nuestra
misión y así fue que, tomando una de las sábanas de la cama, levantamos el
macabro despojo del lecho en que había yacido tanto tiempo y lo colocamos
sobre ella reverentemente. Luego, no sin dejar de ser víctimas de la excitación,
abrimos las cajas, trabajo que no tuvo dificultad pues la llave puesta en la
cerradura de una abría también la otra. En la primera estaba repleta de costales
y cajas pequeñas, y con asombro encontramos que los costales contenían gran
cantidad de oro y plata de diversos países; la otra vino a dar fe de la verdad de
uno de los rumores sobre Sir Ralph, pues, en orden cuidadoso, se encontraba
en ella una colección de gemas, talladas unas y otras en bruto, y algunas de las
cuales, aún para nuestros ojos profanos, no podían ser sino joyas de
inapreciable valor.
“¡Jack, amigo mío!”, dije asiéndole la mano (pues ni siquiera la fatídica
presencia del esqueleto fue capaz de refrenar mi voz), “¡Pronto casarás con
Lilián!, aún cumpliendo el mandato de Sir Ralph quedarás rico”.
“Sí, Tom”, respondió, “pero recuerde que es de usted la mitad de todo
esto, ya que sin usted nunca hubiera sabido de su existencia”.
“No, no”, repliqué, “ni pensar en eso; tengo bastante para vivir con
holgura y además esto a ti te corresponde; pues tú eres el heredero de Sir
Ralph”.
Insistió él y para complacerlo tuve que aceptar una o dos de las mayores
joyas como recuerdo. Contenía la otra caja, una gran cantidad de piezas de
vajilla de plata, algunas muy ricas y de gran peso y media docena de barras de
oro, probablemente la base del fantástico mito antes mencionado.
Al llegar al fin de nuestra investigación, comenzaba ya la noche; como
era natural comimos con apetito y después de esto seguimos de sobremesa
charlando y haciendo proyectos hasta ya muy bien entrada la noche. Con gran
felicidad, aunque calladamente, pasamos el día de Navidad y el día martes, de
acuerdo con lo convenido, comimos en la rectoría. No había exagerado Jack,
en verdad, los encantos de la graciosa Lilián, y cuando en el transcurso de la
tarde vi a la pareja salir del conservatorio, dando ambos muestras de deliciosa
felicidad, comprendí que era oportuno felicitar cordialmente a mi querido
amigo.
Poco tengo ya que decir. El encargo del moribundo Sir Ralph fue
obedecido con escrúpulo. Jack y yo hicimos un viaje a cierta parte del
Continente algo alejada, empleando el tiempo en hurgar viejos archivos y
olvidadas genealogías hasta que al fin la expiación quedó consumada —
consumada hasta don esto es posible en casos como el presente — pues el
pecado cometido en el siglo anterior y el odio tradicional que ciertas familias
profesaban a la memoria del aristócrata mago inglés cedieron su lugar a vívida
y sincera gratitud. Se hizo todo lo que se pudo hacer; ciertamente Jack fue
pródigamente generoso y todo hace esperar que Sir Ralph haya quedado
satisfecho. Como quiera que sea nunca se ha aparecido ya, ni para tributarnos
elogios, ni para lanzarnos reproches; confiamos, pues, en que su alma tanto
tiempo atormentada descanse ya en paz.
Tres meses después — comenzaba a sonreír la rubia primavera —
retorné a Fernleigh invidado de padrino a una boda y al cruzar el pórtico del
templo, la feliz desposada apuntó calladamente hacia una cruz de mármol
sobre la cual se hallaba grabada esta inscripción:
SIR RALPH FERNLEIGH — BARÓN 1795


C. W. Leadbeater – El Perfume de Egipto y Otras Historias Raras
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