miércoles, 6 de febrero de 2013

LOS ESPIRITUS Y LOS CONJUROS



Los espíritus son las inteligencias secundarias o creadas.
Son de tres tipos, los fijos, los errantes y los mixtos.
Los fijos son espíritus puros liberados de las leyes que rigen la materia.
Los errantes son los que flotan en la luz astral.
Los mixtos son los errantes que trabajan y llegan a fijarse en parte.
Entre los fijos se puede distinguir los muy puros, los más puros y los puros.
Entre los mixtos: los dominantes, los militantes y los dominados.
Entre los errantes: los conductores, los inconstantes y los animados.
Los fijos son los ángeles.
Los mixto» son los hombres inteligentes.
Los errantes son los hombres brutos.
Los espíritus se atraen y se rigen jerárquicamente unos a los otros.
Ellos se unen por cadenas y círculos. Entrar en un círculo es jurar con los espíritus del círculo.
Conjurando los espíritus superiores no se los atrae hacia sí, uno se eleva hacia ellos.
La conjura por evocaciones no puede ejercerse más que hacia los espíritus inferiores.
Para conjurar los espíritus superiores es necesario darse a ellos, para conjurar por evocación a los espíritus inferiores, es necesario constreñirlo. A darse a nosotros.
Se evoca a los espíritus superiores haciendo les sacrificios o más bien se los compromete de esa manera a evocamos.
Se evoca a los espíritus inferiores adulando sus avideces o sus atractivos.
Las palabras no son más que formulas que sirven para fijar la voluntad.
Los espíritus inferiores al hombre son los elementales y los errantes de último orden.
\ellos, los antiguos teúrgos los llamaban demonios.
Estos demonios son mortales y procuran vivir a nuestras expensas, buscan las efusiones espermáticas y sanguíneas, el vapor de la carne y temen la punta y el filo de las espadas.
La jerarquía de los espíritus es infinita. Rila comienza en Dios quien en nada tiene comienzo- es decir que ella no comienza.
Los astros tienen almas astrales, los soles almas solares y los universos son regidos por los Elohim vivientes, los dioses que están en Dios.
La vida de los espíritus es una continua ascención y mutación, ellos suben y descienden por la gran escala simbólica de Jacob.
Los ángeles, gobernantes espirituales de los astros, se elevan al gobierno de los soles y son reemplazados por el jefe de las almas.
Los jefes de las almas son los reyes sucesivos de la humanidad.
El jefe de las almas de la tierra lleva el nombre de Métatron Sarpanim, que significa
príncipe de las luces.
El jefe de las almas no mucre, se eleva vivo al rielo. Enoch fue, en tiempos posteriores a la creación de Moisés, el primero elevado al rango de Métatron Sarpanim.

Conocimiento

SOBRE EL CARÁCTER DEL CONOCIMIENTO INICIÁTICO

El que se acerca a nuestras disciplinas debe, ante todo, darse cuenta de este punto fundamental: que el problema del conocimiento y el significado del mismo se presenta aquí de manera totalmente distinta de lo que acontece en los restantes dominios de la cultura habitual.
Desde el punto de vista iniciático conocer no significa “pensar”, sino ser el objeto conocido. Una cosa no se la conoce realmente hasta que no se la realiza, lo cual vale lo mismo que decir: hasta que la consciencia no pueda transformarse en ella.
En tales términos el conocimiento se hace una sola cosa con la experiencia y el método iniciático es un método experimentalmente puro. Como tipo de certeza en general se asume aquí al que se vincula a todo aquello que resulta por experiencia directa o individual. En la vida ordinaria posee un tal carácter cada sensación, emoción o percepción directa ( un dolor, un deseo, un color, una luz) Hablar aquí de “verdadero” y de “falso” no tiene sentido, el asunto es el conocimiento mismo de las cosas de acuerdo a un ES absoluto, un ES vivido que no espera el reconocimiento intelectual. No hay grados, o aproximaciones, o probabilismos en un saber de tal tipo: o se lo tiene, o no se lo tiene.
Sin embargo para el hombre común un conocimiento semejante se restringe sólo al orden sensible, el cual posee un carácter finito, contingente y accidental. Aquello que ordinariamente él hoy entiende por saber es algo diferente: es un sistema de conceptos, de relaciones, y de hipótesis que no posee más el carácter de la experiencia, sino un carácter abstracto. En cuanto al dato inmediato de la experiencia, es decir el que resulta directamente de la propia conciencia, él se inclina a concebirlo como un simple “fenómeno” y detrás del mismo llega a poner o suponer algo a lo cual se le atribuyem los caracteres de la realidad verdadera y objetiva. La misma para la ciencia será la “materia” o el variado juego de las vibraciones del éter, para los filósofos será la “cosa en sí” o alguna otra de sus ideas, para la religión será una u otra hipóstasis divinas. En general, la situación es ésta: se organiza un saber-- que es el saber profano-- el cual no va más allá de la experiencia puramente sensible y no posee un cierto grado de objetividad a no ser a condición de trascender también todo lo que tiene un valor de evidencia individual y viviente, de visión, de significado realizado de la conciencia. Parece pues afirmarse una antítesis, en el sentido de que lo que es la experiencia pura, por tener un carácter finito, no es un “saber” y aquello que se considera como un “saber” en cuanto tal, no es experiencia.
Y bién, la vía iniciática va más allá de esta antítesis, indica una dirección esencialmente diferente, a lo largo de la cual no se abandona nunca el criterio de la experiencia directa. Si para el hombre común esta experiencia y la experiencia sensible son todas una misma cosa, la enseñanza iniciática sostiene la posibilidad de más formas de experiencias, de las cuales la primera no es sino una particular. Tales formas corresponden cada una a un determinado modo de percibir la realidad, ellas son suceptibles de transponerse recíprocamente la una en la otra y de jerarquizarse en modos de percepción que tienen un siempre más alto grado de valor absoluto. De acuerdo a tales perspectivas no existe pues un mundo de “fenómenos” y uno “absoluto” detrás de ellos: “fenoménico” es simplemente aquello que señala un determinado grado de la experiencia y un determinado estado del Yo, y “absoluto” es aquello que es correlativo a otro grado de la experiencia y a otro estado del Yo, al cual el primero puede dar lugar por una conveniente transformación. En cuanto a la medida del valor de lo absoluto, se la puede indicar aproximadamente así: ella es dada por el grado de identificación activa, es decir por el grado según el cuál el Yo está implicado y unificado en su experiencia, y según el cual el objeto de ésta le es transparente en los términos de un significado.
Y en correspondencia con tales grados la jerarquía procede de “signo” en “signo”, de “nombre” en “nombre” hasta alcanzar un estado de perfecta visión intelectual supraracional, de plena actualización o realización del objeto en el Yo y del Yo en el objeto, que es un estado de absoluta evidencia respecto a lo conocido: estado ante el cual, tras ser alcanzado, todo raciocinio y especulación se aparecen como superfluos y cualquier discusión se encuentra privada de sentido. Así pues es conocido el dicho de que en los antiguos Misterios no se iba para “aprender”, sino para alcanzar, a través de una impresión profunda, una experiencia sagrada.
Como consecuencia de esto, la enseñanza iniciática considera como un factor más negativo que positivo la tendencia de la mente en divagar en la interpretación y en la solución de éste o de aquel problema filosófico, en construir teorías, en interesarse en una u otra de las concepciones de la ciencia profana. Todo ello es vano y no conduce a nada. El problema real posee un carácter únicamente práctico, operativo. ¿ Cuáles son los medios para obtener la transformación y la integración de mi experiencia?. He aquí lo que se debe pedir. Y es por esto que la iniciación en Occidente ha estado asociada menos al concepto de un procedimiento conoscitivo que al de un Arte ( la Ars Regia), de una Obra ( la “Gran Obra: el opus magicum), de una simbólica construcción ( la construcción del Templo), mientras que en Extremo Oriente la noción del Absoluto y la de una vía se confunden en un solo nombre; Tao.
Aparece pues como evidente que aquel “espiritualismo” en mayor o menor medida teosófico que hoy llena la abeza de sus adeptos con toda especie de especulaciones y de fantasías en materia de cosmología, de mundos y de entes suprasensibles y así sucesivamente, además de otras cosas, puede llegar sólo a fomentar una actitud equivocada ya desde su mismo punto de partida. Es sana iniciáticamente sólo la actitud experimental, práctica, de una mente refrenada y de un actuar silencioso y secreto, bajo el signo del áureo dicho hermético: post laborem, scientia. Es más, nosotros no tememos afirmar que no de otra manera se encuentran las cosas en lo referente a todo aquello sobre lo cual el hombre “culto” de hoy presume una superioridad y se arroga el derecho de pontificar. La cultura en el sentido profano moderno no constituye ni un presupuesto necesario, ni una condición privilegiada para la realización espiritual. Por el contrario. Una persona que ha permanecido afuera de los trivios de la cultura, del cientificismo, del intelectualismo, pero que sin embargo se encuentra con el ánimo abierto, equilibrada y valiente, es para el conocimiento superior más calificada que cualquier académico, escritor, o “espiritu crítico” de nuestros dias. Así pues aquellos que verdaderamente son algo en el campo iniciático son reconocibles por el hecho de que son extremadamente reacios a teorizar y discutir. En tanto ellos divisen en ustedes una aspiración sincera, ellos les dirán: He aquí el problema y aquí están los medios: vayan adelante.
Otra consecuencia del concepto iniciático de conocimiento es el principio de la diferenciación, también éste en neto contraste con las ideas que informan el saber profano moderno. De hecho, toda la “cultura” moderna ( con la ciencia en primer lugar) se encuentra dominada por una tendencia democrática, niveladora, unificadora. Para ella vale como “adquisición” lo que en materia de principios se encuentra al alcance de todos; así pues una verdad para ella es tal, sólo en cuanto todos puedan reconocerla, en tanto tengan un cierto grado de instrucción, o en última instancia se hayan tomado el trabajo de efectuar ciertos estudios, los que sin embargo los dejan perfectamente igual que antes como hombres. Las cosas pueden ir bién mientras se trate de algo conceptual y abstracto, que se pueda hacer entrar en la cabeza como una cosa en una bolsa. Pero cuando se trata de experiencia, no sólo, sino de experiencia condicionada por una esencial transformación de la sustancia de la conciencia, deben surgir limites muy precisos. Los conocimientos que se alcanzan por tal vía no se encuentran al alcance de todos, ni pueden ser transmitidos a todos a no ser que degradándolos y profanándolos. Son conocimientos diferenciados, y su diferenciación corresponde a la misma que la iniciación en sus diferentes grados determina en la naturaleza humana. Ellos por lo tanto no pueden ser verdaderamente comprendidos, es decir, “realizados”, sino por quienes se encuentran en un mismo nivel, es decir que tengan un mismo grado en una jerarquía que presenta un carácter rigurosamente objetivo y ontológico. Así pues, aun prescindiendo de aquellas exposiciones ocultistas o teosóficas que son simples divagaciones o fantasías, en los mismos niveles del saber iniciático y esotérico efectivo se confirma la inutilidad de una comunicación y difusión de caracteres tan sólo teoréticos. Reducir un conocimiento iniciático a una “teoría” es lo peor que pueda hacerse. Aquí en todo caso es la alusión, el símbolo, lo que puede servir: como algo que provoca unos chispazos. Pero si, como consecuencia, no deriva del mismo el inicio de un movimiento desde lo interno, ello también posee un valor nulo. El carácter mismo del conocimiento iniciático impone pues la diferenciación. Para aquellos, para los cuales la existencia ordinaria y la experiencia sensible representan el principio y el fin de todo, es natural que falte cualquier terreno común en lo que concierne a aquel conocimiento que por su esencia es realización.
Todo ello debería ser visto con perfecta claridad, junto a su natural consecuencia: abandonar la partida o bien admitir, para la verdad y el conocimiento medidas diferentes de las que han venido a predominar en la cultura y en el pensamiento moderno. La vía de la iniciación es aquella que determina diferencias sustanciales entre los seres y que, en contra del concepto igualitario y unificador del conocimiento reafirma el principio del suum cuique:a cada uno lo suyo, es decir aquel saber, aquella verdad, aquella libertad que están en proporción con aquello que uno es.
Una objeción que vale la pena considerar un momento es aquella de quién, acostumbrado a moverse entre las cosas tangibles e ideas “concretas” sostuviera que los estados y las experiencias trascendentes, de las que se ha hablado, aun admitiendo que los mismos sean alcanzables, al estar ellos encerrados en la esfera “subjetiva”, éstos se agotan en un misticismo. Tal es el criterio del conocimiento como experiencia e identificación comprendidas aproximadamente como un simple sentimiento que no produce ninguna iluminación explicativa, que permita comprender, dar razón de las cosas y, en el fondo, de aquello mismo que acontece en nosotros. En otros escritos examinaremos más de cerca este tema: Aquí será suficiente con poner en claro dos puntos.
El primero es que, cuando se habla iniciáticamente de “identificación” se trata siempre de una identificación activa, no de un confundirse, perderse o hundirse; se trata no de un estado infraintelectual y emotivo, sino de un estado de claridad supraracional esencial. En ello se encuentra la diferencia entre la esfera mistica y la esfera iniciática, diferencia esencial, aun si la misma puede no resultar directamente evidente a aquellos que, cuando no se trata más ni de cosas ni de conceptos abstractos, ven una noche en la cual para ellos todas las vacas son negras.
El segundo punto se refiere al concepto mismo del “explicar”; y aquí el discurso si tuviera que ir hasta el fondo, llevaría muy lejos. Se tendría que comenzar con invertir la objeción, resaltando que ninguna de las disciplinas de carácter profano ha provisto nunca ni proveerá jamás una explicación real. Aquel que por “explicar” entiendiese por ejemplo el mostrar la inconcebibilidad de lo contrario, está obligado a indicar en dónde, afuera del ambito abstracto de la matemática y de la lógica formal ( en donde la “necesidad racional”, es decir justamente la inconcebibilidad de lo contrario se reduce a la simple coherencia respecto de proporciones preliminarmente convenidas), él logre “explicar” verdaderamente alguna cosa. Nosotros pretendemos referirnos a la realidad concreta, pero aquí, desde el punto de vista racional no hay absolutamente nada que sea porque su contrario sea inconcebible a priori, nada, respecto de lo cual, aparte de las diferentes seudo explicaciones, no se pueda preguntar: “¿Porqué es así y no de otra manera?”
La ciencia antigua y tradicional, a la cual se vincula el saber iniciático, ha recorrido un camino esencialmente diferente: el del conocimiento de los efectos en sus causas reales, de los “hechos” en los poderes de los cuales ellos son sus manifestaciones, cosa ésta equivalente a la identificación con las causas en los terminos de un estado “mágico”, Sólo un tal estado puede introducir en la razón absoluta de un fenómeno, sólo el mismo “ puede explicarlo” en sentido eminente porque en éste aquel fenómeno es captado, es más, es visto, en su génesis real.
De esto procede como consecuencia importante que en la vía iniciática la adquisición del conocimiento va paralela a la de la potencia, confiriendo virtualmente a la identificación activa con una causa de poder sobre esta misma causa. ( Una vez ccomprendido que conocimiento significa iniciaticamente identifiación y realización, no asombrará más el hecho de que en algunos textos tradicionales, tras haber explicado modos o nombres de divinidades, se agrega que quien los “conoce” adquiere ambos poderes; del mismo modo que no asombrará sentir hablar muchas veces de un “secreto” que, “conocido” o “transmitido”, daría la clave de la fuerza. Solo unos simplones podrán creer que se trata aquí de alguna fórmula que se pueda comunicar verbalmente o por escrito).
Los modernos creen que acontezca lo mismo con su ciencia, puesto que a través de la técnica ella hace posible las realizaciones materiales de las que cada uno sabe; pero ellos se equivocan grandemente: el poder dado por la técnica es tan poco un poder verdadero de la misma manera que las explicaciones de las ciencias profanas no son verdaderas explicaciones. La causa en un caso y en el otro es la misma: es el hecho de un hombre que permanece hombre, que no cambia en ningún grado sensible aquello que es efectivamente. He aquí porqué las posibilidades dadas por la técnica posee un carácter también “democrático” y en el fondo inmoral como los correspondientes conocimientos: la diferencia de los individuos no significa nada para ellas. Es un poder hecho de automatidmos, un poder que pertenece a todos y a nadie, que no es valor, que no es justicia, que puede hacer más poderoso a uno sin que al mismo tiempo lo haga superior.
A no ser que ello sea posible sólo porque en el mundo de la técnica, no se habla ni puede hablarse de un acto verdadero, es decir de una acción que parta directamente del Yo y que se afirme en el orden de las causas reales. Absolutamente mecanicista e inorgánico, es decir privado de relaciones con la esencia del Yo, el mundo de la técnica representa la antítesis de lo que puede tener carácter de verdadero poder, creado por superioridad, signo de superioridad, incomunicable, inalienable, espiritual. Y debe reconocerse que el hombre en su saber respecto a fenómenos y en el medio de sus innumerables y diabólas máquinas hoy es más miserable y desbandado como nunca lo haya sido antes, es espiritualmente un bárbaro mucho más que aquellos que él presumió poder calificar con tal nombre, es siempre más condicionado en vez de condicionador y por ende expuesto a reacciones en un juego de fuerzas irracionales que convierten en efímera la ilusión de su potencial exclusivamente material y ejercida sobre cosas materiales. El se encuentra alejado de la vida de la realización de sí como nunca lo fue el hombre de cualquier otra civilización: porque un sucedáneo, que puede incluso llamarse diabólico, del conocimiento y del poder tienen en él el lugar del conocimiento y del poder verdadero.
Esto es, repitámoslo, en el orden iniciático, justicia, es sanción de una dignidad, emanación natural e inalienable de una vida integrada, según los grados bién definidos de una tal integración. Así como el saber, conseguido más allá de la incertidumbre y de la ambigüedad de los fenómenos sensibles, en este orden no se refiere a fórmulas o a abstractos principios explicativos, sino a entes reales captados por inmediata percepción espiritual, del mismo modo el ideal del poder es aquí el de una acción que se efectúa no debajo de los determinismos naturales sino por encima de los mismos, no entre fenómenos, sino entre causas de fenómenos con la irresistibilidad y el derecho propio de quien es superior: superior por haberse efectivamente disuelto de la condición humana y por haber conseguido el redespertar iniciático.

Ea.
 
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