jueves, 6 de junio de 2013

Tarot y ordenes secretas




Aunque los orígenes del Tarot sean totalmente oscuros, hay una parte
muy interesante de la historia moderna, historia bien presente en la me-
moria del hombre, que es sumamente significativa y que, a medida que se
desarrolle la tesis, veremos que la corrobora de una forma harto notable.
A mediados del siglo XIX apareció un gran Qabalista y erudito que
aún incomoda a los espíritus más torpes con su hábito de divertirse a sus
expensas tomándoles el pelo postumamente. Se llamaba Alphonse Louis
Constant y era Abate de la Iglesia Romana. Como «nom-de-guerre» tradu-
jo su nombre al hebreo, Eliphas Lévi Zahed, conociéndosele hoy general-
mente por Eliphas Lévi.
Además de un gran esteta literario y un bromista de la variedad llama-
da «Pince sans rire», Eliphas Lévi fue un filósofo y un artista y, al ser un
artista y un profundo simbolista, se sintió desmedidamente atraído por el
Tarot. Encontrándose en Inglaterra, propuso a Kenneth Mackenzie, famo-
so erudito del ocultismo y alto grado francmasón, reconstituir y publicar
una baraja diseñada científicamente.
En sus obras encontramos versiones nuevas y propias de los triunfos ti-
tulados La Carroza y El Diablo. Según parece, sabía que el Tarot era real-
mente una forma pictórica del Árbol Qabalístico de la Vida, que es la base
de toda la Qábalah, hasta tal punto que escribió sus obras sobre este prin-
cipio fundamental. Se propuso escribir un tratado completo sobre la Ma-
gia. Dividió el tema en dos partes —Teoría y Práctica— a las que llamó
El Tarot en los Manuscritos cifrados
En los años del Renacimiento Mágico Francés de mediados del siglo
XIX surgió en Inglaterra un movimiento de características semejantes.
Centraba su interés en las religiones antiguas y en sus tradiciones iniciáti-
cas y taumatúrgicas. Se fundaron o restauraron en aquella época socieda-
des eruditas, algunas de ellas secretas o semisecretas. Entre los miembros
de un grupo de éstos, la Logia Francmasona Quatuor Coronati, se conta-
ban estos tres hombres: el Dr. Wynn Westcott, un forense de Londres, el
Dr. Woodford y el Dr. Woodman. Existe una pequeña controversia en lo
que respecta a cuál de ellos fue a la calle Farringdon o si fue a esta calle
adonde dirigieron sus pasos; pero es indudable que uno de ellos o bien
compró un libro antiguo a un librero desconocido o en un tenderete
ambulante, o lo encontró en una biblioteca. Esto sucedía alrededor de
1884 ó 1885. Sin embargo, nadie pone en duda que en este libro había al-
gunos documentos sueltos; que estos documentos resultaron estar escritos
en clave; que estos manuscritos cifrados contenían material para la funda-
ción de una sociedad secreta con el objeto de conferir la iniciación por me-
dios rituales, y que entre estos manuscritos había una atribución de los
triunfos del Tarot a las letras del alfabeto hebreo. Si examinamos este
asunto, se nos hace completamente evidente que la atribución equivocada
de las letras que hizo Lévi era deliberada, que él conocía la atribución co-
rrecta y consideraba deber suyo ocultarla. (¡Camuflar sus capítulos le costó
muchas dificultades!)
Se decía que los manuscritos cifrados databan de los primeros años del
siglo XIX, y hay una nota en una página que parece ser de puño y letra de
Eliphas Lévi. Es muy probable que Lévi tuviera acceso a este manuscrito
en la visita que hizo a Bulwer Lytton en Inglaterra. En cualquier caso,
como se señaló antes, Lévi da continuas muestras de que conocía las atri-
buciones correctas (con la excepción, claro está, de Tzaddi; el porqué lo
veremos más adelante) y es evidente que intentó utilizarlas sin revelar in-
debidamente ningún secreto que hubiera jurado no desvelar.
Tan pronto como uno posee las atribuciones verdaderas de estos triun-
fos, el Tarot cobra vida. Uno se queda intelectualmente anonadado ante su
exactitud. Todas las dificultades creadas por las atribuciones tradicionales
tal como las entiende el erudito ordinario desaparecen al instante. Por esta
razón nos sentimos inclinados a dar crédito a la pretensión de los promul-
gadores del manuscrito cifrado en el sentido de que ellos eran los guardia-
nes de una tradición de Verdad.
El Tarot y la Orden Hermética de la Golden Dawn
Debemos hacer ahora un comentario sobre la historia de la Orden Her-
mética de la Golden Dawn, la sociedad reconstituida por el Dr. Westcott y
sus colegas, con el fin de ofrecer pruebas adicionales de la autenticidad de
la pretensión de los promulgadores del manuscrito cifrado.
Entre estos documentos, aparte de la atribución del Tarot, había algu-
nos rituales esquemáticos que daban a entender que contenían los secretos
de la iniciación; se mencionaba como autoridad emanante el nombre (con
dirección en Alemania) de una tal Fraülein Sprengel. El Dr. Westcott le
escribió y, con su permiso, se fundó, en 1886, la Orden de la Golden
Dawn.
(La G.-.D.-. es simplemente un nombre para la Orden Externa o Preli-
minar de la R.R. et A.C., que es a su vez una manifestación externa de la
A:.A.:., que es la verdadera Orden de Maestros1 —véase Magick, págs.
229-244.)
El genio que hizo esto posible fue un individuo llamado Samuel Lid-
dell Mathers. Después de un tiempo, Frl. Sprengel murió; una carta dirigi-
da a ella que solicitaba un reconocimiento más avanzado fue respondida
por uno de sus colaboradores. Esta carta informaba al Dr. Westcott de la
muerte de Frl. Sprengel, añadiendo que el autor de la misma y sus compa-
ñeros no habían aprobado jamás la decisión de Frl. Sprengel de autorizar
la puesta en funcionamiento de un grupo operativo, pero que, a tenor de la
gran reverencia y estima en que se la tenía, se habían abstenido de presen-
tarle una oposición abierta. Después pasaba a decir que «esta correspon-
dencia debe cesar ahora», pero que si querían un conocimiento más avan-
zado podrían conseguirá sin dificultad utilizando de la manera adecuada
el conocimiento que ya poseían. Con otras palabras, debían emplear sus
poderes mágicos para contactar con los Jefes Secretos de la Orden (éste es,
casualmente, un modo de proceder completamente normal y tradicional).
Poco después, Mathers, que había tramado hacerse con la Jefatura ope-
rativa de la Orden, anunció que había efectuado este contacto, que los Je-
fes Secretos le habían autorizado a proseguir la obra de la Orden como ca-
beza única. Sin embargo, no hay pruebas de que dijera la verdad, pues la
Orden no recibió ningún conocimiento nuevo de especial importancia; el
que recibió resultó ser algo que Mathers pudo haber adquirido por medios
normales de fuentes fácilmente asequibles, tales como el Museo Británico.
Estas circunstancias y una buena parte de intrigas mezquinas produjeron
un grave descontento entre los miembros de la Orden. La opinión de Frl.
Sprengel de que el trabajo en grupo en una Orden como ésta era posible
resultó estar equivocada en este caso. La Orden se disolvió el año 1900.
El objeto de estos datos es el de mostrar simplemente que, en aquella
época, la principal preocupación de todos los miembros serios de la Orden
era la de ponerse en contacto con los Jefes Secretos. En 1904 unos de los
miembros más jóvenes, Frater Perdurabo, alcanzó el éxito. Los detalles
completos de este acontecimiento pueden verse en The Equinox of the
GodsK
No conviene hablar aquí de las pruebas que han de demostrar la vera-
cidad de esta pretensión. Pero ha de señalarse que se trata de pruebas in-
ternas. Existen en el manuscrito mismo. Poco importa que el informe de
alguna de las personas implicadas resultara ser falso.

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