lunes, 25 de marzo de 2013

Luciferismo




El luciferismo no es la magia diabólica contra la cual las iglesias oponen sin cesar el principio del
Bien. Es una ciencia auténtica para la reconquista de los poderes perdidos, un verdadero saber que
permite al hombre transgredir las leyes del tiempo para llegar a ser él «igual de los dioses».
Según la enseñanza luciferina, toda forma es divinidad. Algunos han caído, esto explica la naturaleza dividida del hombre que ya no recuerda sus orígenes. Existe, por tanto, una enseñanza destinada a despertar la memoria humana para recordarle su naturaleza gloriosa. Esta ciencia fue llamada «luciferina» porque sus propagadores se encarnaron, según la tradición cabalística, para aportar el fuego del Saber a los hombres. Ellos fueron los «portadores de la luz» (en conformidad con la etimología latina de la palabra «Lucifer», formada de lux: luz, y ferré: llevar).
A finales del siglo xv, el reverendo Kirk, adepto de las ciencias «diabólicas», hizo suya esta concepción de retorno a la divinidad. Sus encuentros con los «portadores del rayo» tenían lugar en la «Colina de las Hadas», cerca de Aberfovie, junto a la lauda escocesa. Su muerte enigmática presenta las características de todos los destinos luciferinos, corresponde al instante.
El rayo es portador de ácido nítrico, fertilizante, lo que explica científicamente el aspecto benéfico con que es ensoñado en muchas de las creencias. Para los indios, fue la primera voz que habló al mundo, la manifestación del espíritu.
particular en que el adepto se enfrenta a su última prueba terrestre: debe cambiar de dimensión y esto por el ritual que permitirá su nueva mutación.
Lo mismo ocurrió con Isabel Gowdie, discípula de Lucifer, quemada viva tras denunciarse a sí misma. También para ella la muerte voluntaria, escogida y querida, le permitía participar en el último ritual del fuego. Subió a la pira, indiferente a los gritos enloquecidos que llenaban la plaza, el espíritu entregado al terrible rito que debía permitir su transformación.
El destino trágico de los adeptos de Lucifer hace de esta ciencia mágica un instrumento terrible, donde la muerte envuelve el corazón de los rituales, donde las leyes humanas son abatidas sin cesar, donde el hombre no es más que un objeto experimental en manos de aquellos que poseen los poderes. En apariencia al menos, pues no hay que confundir la brujería y su séquito de encantamientos y curaciones, con esta ciencia fabulosa que prevé la rehabilitación del hombre sobre un plano divino.
Así Lucifer es visto como un dios civilizador, incluso, como en el Zaratustra de Nietzsche, su bondad resulta terrible a los ojos de los hombres que explican el mundo a partir de valores diferentes.
La ciencia luciferina se remonta a la noche de los tiempos; existía incluso antes de que apareciesen las nociones del Bien y del Mal; es, pues, a veces, difícil descubrirla a través de sus acciones, porque ellas no corresponden a las normas morales de nuestra civilización construida sobre dos milenios de filosofía cristiana.
Para Eliphas Levi, «el Lucifer de la cábala no es un ángel maldito y tenebroso, es el ángel que ilumina y regenera abrasando; él es a los ángeles de la paz lo que el cometa a las apacibles estrellas de las constelaciones de la primavera» (2).
Esta nueva concepción de Lucifer, ángel de luz, fue puesta en vigor por los románticos del siglo XIX, seducidos por la maldición que pesaba sobre el «antiguo aniquilador». No era muy seria esta rehabilitación literaria, cuyo único propósito fue el efecto estético, la búsqueda de una emoción inhabitual.
No ocurrió lo mismo con algunos cenáculos de alta magia, donde la práctica secreta nunca fue rota por las antiguas de la magia roja, basadas sobre una estructura ritual inmutable: el rito de las tres S: el sexo, la sangre y el soplo (hálito). Ya el Antiguo Testamento afirmaba: «El alma de la carne está en la sangre» (Levítico).

Autor: Jean-Paul Bourre

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