lunes, 17 de diciembre de 2012

El Poder Regenerador



La secreta doctrina o enseñanza esotérica o sabiduría arcaica de las antiguas filosofías y religiones así como de las modernas escuelas de ocultismo, referente al secreto de la regeneración, se resume en el siguiente postulado:
 
La energía generadora de la Naturaleza puede utilizarse como energía
regeneradora.
Las mismas fuerzas que dan vida, fuerza y vigor al ser humano,
renovarán su vida, fuerza y vigor si acertadamente se aplican.


Los antiguos egipcios también enseñaban análoga doctrina en el esotérico y
secreto culto de Isis.
El Principio creador o energía vital era para ellos de naturaleza femenina.
Se le enseñaba al neófito que si conservaba la energía vital sin consumirla en la procreación, podrían transmutarla en energía vital que por el proceso de regeneración vitalizaría su cuerpo y mente dándole extraordinarias y aun quizás sobrehumanas facultades.
Estas enseñanzas se reservaban para los iniciados, manteniéndolas ocultas al conocimiento de las gentes.
Decían también los hierofantes egipcios que en determinados casos podía el hombre convertirse en dios por medio de eficaz empleo del poder regenerador.
Los antiguos judíos, en sus enseñanzas esotéricas, sostenían análoga creencia y práctica.
En la Kabala y otras Escrituras hebreas se encuentran numerosas referencias a dicha enseñanza, y algunos autores añaden que el mito de Adán y Eva es una alegórica representación del principio de la energía sexual.
Adán y Eva representan la primitiva masculinidad y feminidad del ser humano y
estaban destinados a vivir eternamente, pues su energía creadora se iba  reconcentrando por el proceso de regeneración.
La raza se perpetúa, pero los individuos nacen condenados a muerte.
Los neoplatónicos y los gnósticos, las dos grandes escuelas de filosofía mística que florecieron en los primeros siglos de la era cristiana, enseñaron de varios modos la
doctrina de la regeneración que también influyó en algunos cristianos primitivos.
Dichas escuelas bebieron sus enseñanzas en las fuentes de Oriente y Grecia, pues en los Misterios de Grecia se enseñaba la teoría y práctica de la regeneración.
Sin embargo, poco a poco, se fue perdiendo el espíritu de estas enseñanzas, dejando tan sólo el hueco cascarón del pervertido ascetismo y el falso concepto de la sexualidad, que se consideró impura y nefanda, al paso que se exaltaban la mortificación y el ascetismo.
Aun hoy día se notan los deplorables efectos de la tergiversación de la idea original.
En la Edad Media, los alquimistas y filósofos esotéricos estudiaron atentamente el asunto de la regeneración a la que designaron simbólicamente con el nombre de elixir de vida, según se ve en las obras de dichos pensadores.
Cuenta la leyenda que algunos alquimistas excedieron el término ordinario de la
vida humana y mantuvieron hasta el último momento la plenitud de sus vitales energías.
El vulgo creía que el elixir de vida era un licor cordial de maravillosa virtud; pero quienes estaban en el secreto sabían que este poderoso elixir no era otra cosa que la
concentrada energía creadora del hombre transmutada por la continencia sexual en
interna vitalidad, en vez de consumirla en la procreación o malgastarla en lujuriosas
concupiscencias.
La fundamental idea de la regeneración explica la universal importancia que a la
castidad, la continencia y el celibato dieron siempre los instructores religiosos, los
ocultistas y los partícipes de los Misterios.
Pero no provenía ello, como generalmente se supone, de que la sexualidad fuese
esencialmente impura, sino de la creencia en que la práctica de la regeneración era más eficaz que la de la generación para acrecentar las potencias físicas, mentales y
espirituales del hombre, de modo que la energía creadora se concentrase en el interior en vez de consumirse en el exterior.
La castidad, la continencia y el celibato se fundaban en la idea de crear en los planos psíquico, mental y espiritual, más bien que en la materialidad del físico.
Pero según ya dijimos, en el transcurso del tiempo se fue perdiendo el espíritu de la idea hasta no quedar más que el repulsivo cascarón.



W.W.Atkinson
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