jueves, 12 de julio de 2012

Alta Magia y Cabala




La magia es la producción de un efecto deseado, interno o externo al mago, por medio de la utilización deliberada de poderes y de facultades que pertenecen a la psique. El efecto puede ser igualmente obtenido por la acción de entidades o de energías indepenientes de la psique del mago, pero el proceso debe permanecer en su totalidad bajo el control del mago y depender de su propia voluntad. Esta condición es indispensable. Aquellos efectos provinientes de fenómenos milagrosos o que nacen espontáneamente del psiquismo (causados por un estado de mediumnismo o incluso derivados de un caso de posesión) no pueden ser calificados de mágicos.

 La alta magia y lo que se podría llamar la «baja magia», que corresponde a la brujería, se rigen por la definición que acabamos de dar. Se diferencian por el nivel de poderes puestos en funcionamiento en el cuerpo de-las operaciones y no por sus objetivos propios. Es de todo punto posible realizar un ritual de alta magia con un fin puramente utilitario, por ejemplo ser más próspero o ganar un proceso, así como usar eficazmente la baja magia para una causa altruista. Se debe dejar aquí bien claro que tanto para obtener los resultados más concretos como para conseguir los objetivos más nobles, los medios mágicos requeridos ponen en acción todos los niveles del ser y del universo eterno, desde los más espirituales hasta los más materiales.

Es este contexto el que se califica como alta magia. Los cultos considerados como de naturaleza mágico-religiosa se prestan particularmente bien a los trabajos de alta magia. Por ejemplo, los de Babilonia y Caldea, cuyas principales creencias se encuentran integradas en la trama de la tradición de los misterios de Occidente.
Sucede lo mismo con las religiones antiguas y con las ramas místicas de las grandes religiones monoteístas. A partir de ahí, nuestro sistema mágico debe tener la capacidad, al menos en sus potencialidades, de integrar cada uno de estos cultos e igualmente prestarse a una utilización por un mago apartada de todo componente dogmático.
La tradición occidental se distingue por su equilibrio y su plenitud, frutos de una larga maduración a través de la influencia de pensadores como Plotino, Proclus, Avicena, Salomón ibn Gabirolo Marsilio Ficino. Se desarrolla siguiendo cuatro aproximaciones, a la vez distintas y simultáneas. Es una visión del universo en cada uno de sus niveles de existencia y de su interacción dinámica. Es una percepción del hombre que se acomoda a los conceptos de la psicología contemporánea, aunque superándola. Es la base y el soporte de una alta magia cuya eficacia se fundamenta en su visión del universo y del hombre. Y en fin, coronamiento de la tradición al mismo tiempo que su mayor obra, es un proceso iniciático de iluminación que guía al aspirante, le confiere todo poder sobre el desarrollo de sus facultades interiores y le sitúa sobre la pista del auténtico cumplimiento de su destino.
Esta escuela de sabiduría se denomina de Occidente, puesto que es compatible con el modo de vida occidental y su evolución permanece íntimamente ligada a la historia de nuestra cultura. Evidentemente, esta cualificación no nos conduce al rechazo de conceptos y fuentes orientales. La referencia a Pitágoras y a los cultos de misterios postclásicos nos disuadiría de ello, así como las grandes corrientes transculturales —el budismo, por ejemplo—, las cuales han podido penetrar en la cristiandad, en el Islam o en el judaísmo, a través de los Hesicastas, de los Ismaelitas o de ciertas enseñanzas del Zohar. Enteramente adaptada al uso occidental, integrando un cuerpo de conceptos y una práctica específicamente occidentales, esta tradición se presenta, no obstante, como la afirmación de la unidad del hombre, del hombre de tiempos pasados o del presente, de Occidente o de Oriente.
Semejante sistema de pensamiento y de iluminación necesita de una herramienta poderosa. Progresivamente, desde Babilonia y Egipto, a través de las escuelas de Constantinopla y de Alejandría, gracias a la incomparable cantera mística de la España medieval que precedió a la era de la Inquisición, los elementos de la herramienta fueron elaborados y amorosamente ajustados por generaciones de maestros y discípulos. Esta herramienta fue la Cábala.

El campo de la Cábala es tan vasto y sus contornos de apariencia tan difusos y múltiples que, inevitablemente, es compartida y modelada al ritmo de las orientaciones y de las preocupaciones de aquellos que la reclaman como «suya». Esquemáticamente, existe una Cábala «tradicional», considerada como mística y contemplativa, y una Cábala «moderna» de vocación mágica. La distinción no es absoluta. El glifo fundamental, que es el Arbol de la Vida, y ciertos textos, son comunes a los dos aspectos. Sin embargo, las divergencias se incrementan con el tiempo y son hoy día muy marcadas de hecho en las obras de Aleister Crowley y de Dion Fortune, pioneros de la Cábala mágica.
La Aurum Solis se refiere a la Cábala «moderna». Aparte de sus trabajos de investigación sobre la tradición ogdoádica, lo esencial de su tarea ha consistido en extraer los conceptos fundamentales de la Cábala, desprenderlos de la parte de naturaleza más específicamente histórica o teológica y explicarlos en un lenguaje adaptado al estudio de la alta magia.
El principal concepto de la Cábala «moderna», que se encuentra en todas las formas de magia, es el de «correspondencias». Que esta noción está natural y espontáneamente ligada a la naturaleza del hombre, se explicará más fácilmente con un ejemplo que con una definición. A pesar de las diferencias que la experiencia individual o cultural generan, las personas se avienen a la existencia de un rapport, de una correspondencia entre ciertos colores o ciertas músicas y ciertas emociones. Estas correspondencias pueden ser utilizadas para  condicionarse o condicionar a otros: en el ámbito de los resultados en el deporte o en la industria, numerosas investigaciones son llevadas a cabo con esta perspectiva.
En el dominio mágico, el concepto de correspondencia es conocido desde siempre, pues provee de un medio inmediato de ligazón entre los mundos material y no material. En el curso de un ritual mágico, el espíritu racional del mago controla la operación. Sin embargo, él no puede aprehender directamente lo que ocurre tras la escena del mundo material y controlar la acción mágica propiamente dicha.
Cualesquiera que sean las entidades o los mundos implicados, el espíritu racional deberá hacer intervenir al subracional como intérprete y agente. Las correspondencias adaptadas a este ritual serán entonces esenciales.
Nos queda por hacer un breve recorrido por la tradición ogdoádica.
«Ogdoádica» significa «que pertenece al número ocho». El término «ogdoada», relativo al número de Eones en ciertas doctrinas gnósticas, es utilizado en un contexto diferente del nuestro. Sin embargo, tanto en éste como en el marco de nuestra tradición, el número ocho ha sido escogido en razón de sus asociaciones, esas mismas asociaciones que confieren ocho rayos a la Estrella Gloriosa de la Regeneración, el símbolo distintivo de la tradición ogdoádica y, por consiguiente, de la Aurum Solis.

En los textos de las tablillas de Mesopotamia, la estrella de ocho ramas, adaptada a la escultura cuneiforme acompaña al nombre de los dioses como símbolo de su naturaleza divina. Para los pitagóricos, ocho es el número de la perfección. En la esfera cristiana simbolizaba la regeneración. En la segunda epístola de Pedro (2,5), se encuentra una referencia un tanto oscura a que del diluvio son salvadas ocho personas de la familia de Noé, sin otro comentario; como si el autor supusiera que sus lectores estaban familiarizados con la idea implicada. La estrella de ocho brazos o la~ flor de ocho pétalos adornaba con frecuencia el velo de la Virgen en los iconos bizantinos y figura todavía hoy, en Grecia, en las tarjetas de felicitación enviadas con ocasión de las Pascuas. Y no es casualidad que el ocho presente la misma forma que el signo «infinito».
La gama musical de las notas propone otro símbolo de renacimiento y de regeneración: la octava nota de la escala ascendente es la misma que su nota básica, sin ser la misma. Cicerón, en el Sueño de Escipión, se refiere a este simbolismo. Escipión el Africano revela a sus nietos las relaciones entre lo temporal y lo espiritual. Evoca a las estrellas lejanas que brillan más allá de los planetas y que pertenecen a la esfera de ‘las estrellas fijas. Estas representan las regiones de la experiencia espiritual que se mantiene más allá del campo de las vicisitudes terrestres.
Más próximas, las órbitas de las siete luminarias se sitúan en un plano geocéntrico.
A cada uno de los siete planetas, le asigna una nota, correspondiente a la vibración que éste emite en su rápido curso por el espacio. Así, la Luna, como es la primera nota y la más baja, tendrá su octava superior en la esfera de las estrellas fijas, constituyendo de este modo un puente entre lo transitorio y lo eterno. Establecido este principio, Escipión añade: «Los hombres hábiles han imitado esta armonía con las cuerdas y el canto. De este modo han abierto la vía de su retorno a esta región.»


Melita Denning & Osborne Phillips
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